sábado, 10 de diciembre de 2011

¿La religión y la ciencia son irreconciliables? Parte I


Extracto de Libro: "Mis creencias" de Albert Einstein.




¿Existe ciertamente una contradicción insuperable entre religión y
ciencia? ¿La ciencia puede reemplazar a la religión? A lo largo de los
siglos, las respuestas a estas preguntas han originado considerables
polémicas y, más todavía, luchas muy agrias. Sin embargo, estoy convencido
de que una consideración desapasionada de ambas cuestiones
sólo nos llevaría a una respuesta negativa. Lo que complica la cuestión
es, sin duda, el hecho de que mientras la mayoría coincide sin dificultad
en lo que se entiende por "ciencia" difiere en el significado de "religión".


Respecto a la ciencia es posible definirla, para nuestros propósitos,
como "pensamiento metódico encaminado a la determinación de
conexiones normativas entre nuestras experiencias sensoriales". La
ciencia produce conocimiento de manera inmediata, y medios de acción
de modo indirecto. Conduce a la acción metódica si primero se
establecen objetivos definidos. Mas la función de establecer objetivos
y de definir juicios de valor trasciende su propio fin. Aunque es cierto
que la ciencia, en la medida en que capta conexiones causales puede
llegar a conclusiones importantes sobre la compatibilidad e incompatibilidad
de objetivos y valoraciones, las definiciones independientes y
esenciales sobre objetivos y valores quedan fuera de su alcance.


Por otra parte, en lo que atañe a la religión suele haber acuerdo en
que su dominio abarca objetivos y valoraciones y, en síntesis, la base
emotiva del pensamiento y las acciones de los seres humanos, en
cuanto no estén predeterminados por la inalterable estructura hereditaria
de la especie. La religión enfoca la actitud del hombre frente a la
naturaleza en su conjunto, establece ideales para la vida individual y
comunitaria, y las mutuas relaciones humanas. La religión trata de
alcanzar esos ideales al ejercer una influencia educadora en la tradición
por la elaboración y difusión de determinados pensamientos y narraciones
de fácil acceso -epopeyas y mitos- capaces de influir en la valoración
y la acción dentro del marco de los ideales afectados.


Este contenido mítico, o mas bien simbólico, de las tradiciones
religiosas suele entrar en conflicto con la ciencia. Esto sucede siempre
cuando tal conjunto de ideas religiosas contiene afirmaciones dogmáticamente establecidas sobre temas que pertenecen al campo de la ciencia.


Resulta esencial, pues, para preservar la verdadera religión, evitar
esos conflictos siempre que surjan en temas que, en realidad, no son
decisivos para la consecución de los objetivos religiosos.
Al considerar las diversas religiones existentes en cuanto a su
esencia, es decir, si las despojamos de sus mitos, no me parece que
difieran tan fundamentalmente como pretenden los defensores de la
teoría "relativista" o convencional. Y esto no debe sorprendernos. Las
actitudes morales de un pueblo que se apoya en la religión han de estar
siempre encaminadas al objetivo de mantener y preservar la salud y la
vitalidad comunitarias y las de los miembros de la comunidad, ya que
de lo contrario la comunidad perecería. Un pueblo que honrase la falsedad,
la difamación, el fraude y el asesinato no podría subsistir durante
mucho tiempo.


Así, cuando nos enfrentamos con un caso concreto no es tarea fácil
determinar claramente lo que es deseable y lo que no lo es; resulta
algo tan difícil como definir con exactitud lo que hace que un cuadro o
una sinfonía sean buenos. Es lo que se aprecia mejor de modo intuitivo
que mediante la comprensión racional. De igual forma, los grandes
maestros morales de la humanidad fueron de algún modo genios artísticos
del arte de vivir. Aparte de los preceptos más elementales, nacidos
directamente del deseo de mantener la vida y eliminar los
sufrimientos innecesarios, hay otros que sin ser en apariencia del todo
mensurables según las normas básicas, les concedemos, empero, la
debida importancia. ¿Debe buscarse, por cierto, la verdad de manera
incondicional, aun cuando obtenerla entrañe grandes sacrificios en
esfuerzo y felicidad? Existen muchas cuestiones de este tipo que no
pueden tener una solución adecuada desde una favorable posición
racional, o que carecen de respuesta posible. Sin embargo, no creo que
sea correcto el llamado punto de vista "relativista", ni siquiera en el
caso de las decisiones morales más sutiles.


Si observamos las condiciones de vida actuales de la humanidad
civilizada, aun según el aspecto de las normas religiosas más elementales,
sentimos, sin duda, una desilusión muy dolorosa ante lo que se
nos ofrece. Porque en tanto la religión prescribe amor fraterno en las
relaciones entre individuos y grupos, el escenario más semeja un campo
de batalla que una comunidad hermanada. El principio rector es en
todas partes, tanto en la vida económica como en la política, la lucha
implacable por el éxito a expensas del prójimo. Este espíritu competitivo
predomina hasta en las escuelas y universidades y al destruir todos
los sentimientos de cooperación y fraternidad, concibe el triunfo no
como algo que emerge del amoral trabajo fecundo y concienzudo, sino
como algo que nace de la ambición personal y del temor al rechazo.
Hay pesimistas que sostienen que esta situación es inevitable,
inherente a la naturaleza de los seres humanos. Quienes proponen estas
opiniones son los enemigos de la religión; sostienen implícitamente
que las doctrinas religiosas son ideales utópicos no aptos para regir los
problemas humanos. El estudio de las normas sociales de ciertas culturas
llamadas primitivas habría demostrado de modo claro, que tal posición
negativa carece por completo de base. Los interesados en estos
temas, cruciales en el estudio de la religión, deberían leer lo que nos
dice de los indiosPueblo el libro "Pattern of Culture" de Ruth Benedict.
Al parecer, esta tribu ha logrado, en las condiciones de vida más duras,
el difícil objetivo de liberar a sus miembros de la presión del espíritu
competitivo e inculcarles una forma de vida fundada en la moderación
y la cooperación, libre de coacciones externas y sin ninguna restricción
de la felicidad.


La interpretación de la religión aquí expuesta implica una subordinación
de la ciencia a la actitud religiosa, una relación que se menosprecia
con demasiada facilidad en esta época materialista por
excelencia. Si bien es cierto que los resultados científicos son desde
luego independientes de las consideraciones morales o religiosas, no
hay duda de que todos los individuos a los que debemos los grandes
descubrimientos fecundos de la ciencia se hallaban imbuidos de la
convicción, genuinamente religiosa, de que este universo nuestro es
algo perfecto y susceptible de un análisis racional. Si esta confianza no
hubiese sido tan arraigada y emotiva y si esta búsqueda de conocimientos
no se hubiese inspirado en el Amor Dei intelectualis (Amor
intelectual de Dios, frase de la Ética de Spinoza), no es comprensible
cómo hubieran podido desplegar esa devoción infatigable que es lo
único que permite al hombre alcanzar sus mayores triunfos.
(1948)